31 octubre 2018

Relato: La lavandera

Relato La Lavandera de M.A. Álvarez
Especial Halloween 2018. Parte II.

Continuamos con el Especial Halloween 2018. Hoy os traigo un nuevo relato de mi autoría titulado La lavandera que pertenece al género de fantasía oscura.

Este relato ha sido publicado en la revista 12 Relatos a Medianoche, editada por La Cabina de Nemo. Dicha revista contiene diversos relatos de terror y cada uno de ellos ha sido ilustrado, al igual que la portada,  por Ernesto Lovera y Ester Salguero (Korat Studio).

El propio director de la revista nos la presentó recientemente en Facebook:


Y a continuación podéis leer mi relato:

La lavandera


Relato: La lavandera (M.A. Álvarez). 

Publicado en el espacial de terror 12 Relatos a Medianoche (La Cabina de Nemo).


   A la edad de doce años, me encontraba sirviendo a un severo caballero. Había sido designado su escudero antes de alcanzar la edad apropiada, pero eran tiempos duros y consideraron que ya tenía los años suficientes como para acudir a la batalla. 

  Antes de conocerle, ardía en mi interior el ferviente deseo de asistir a un noble guerrero. Sin embargo, tras pasar unos meses a su servicio, recibiendo un trato demasiado cruel, me lamentaba profundamente cada interminable jornada que tenía que pasar a su lado.

  Estábamos de viaje y uno de los días, no sabría decir cuál porque ya había perdido hasta la noción del tiempo y mi existencia a causa de su perversidad, llegamos a una pequeña y mísera villa cercana a un río. Sus casas eran de madera, con techos de paja, y los caminos de tierra y fango.

  Mi señor buscó descanso en la posada. Allí, pronto le reconocieron como caballero, pues… al menos en apariencia lo era. Le atendió un anciano que a duras penas mantenía su negocio del hospedaje y tras ofrecerle comida y un buen vino, le aconsejó que abandonara la aldea antes de que anocheciera. Aquello contrarió enormemente a mi señor. No quería dormir otra noche al raso y terminó amenazando al pobre desdichado.
  —Pero noble caballero, vuestra vida corre peligro e incluso la del joven que os acompaña. Todo guerrero de vuestra clase que pernocta en nuestro pueblo, desaparece para siempre —le explicó.
  —¿Como que desaparece para siempre? —rió él, incrédulo.
  —Se lo lleva la lavandera.
  El caballero carcajeó.
  —¿Quién?
 —Hace varios años, esta aldea fue arrasada por guerreros de vuestra condición. Quitaron la vida a muchos de los habitantes, entre ellos a una joven lavandera. Ella murió en la orilla del río a manos de un hombre de metal, como vos, allá donde su cauce se pierde en el bosque por el oeste, cuando había ido a realizar su labor. Pero ha regresado… No tolera la presencia de los hombres de armas. Cuando nos visita uno de los vuestros, escuchamos su canto de madrugada y jamás volvemos a verle.

  Mi señor volvió a reír y le dejó bien claro al posadero que no tenía intenciones de marcharse hasta el alba. Según él, no le temía a nada.


*****

  Por el contrario, yo sí que le di cierta veracidad a la historia y lo notó. Por la tarde, cuando me encontraba ocupándome de su caballo, mi señor me dijo:
  —¿Tienes miedo? ¿De verdad te has creído ese ridículo cuento?
  —No… No lo sé —respondí con temor a no acertar con mi respuesta.
 —Mi pobre y palurdo escudero… Dudo que alguien tan patético como tú llegue a ser caballero algún día. Está bien, para que no temas a esas habladurías, te pondré una prueba. Coge un odre y ve a llenarlo de agua al río, justo donde dice ese anciano que le dieron muerte a la joven lavandera.
  —¿Qué? ¿Yo solo? Pero…
  —¿Vas a desobedecerme? — levantó su mano hacia mí.
  —No, no, mi señor... Iré enseguida.


  Tomé el odre y mi vieja espada y, temeroso, me encaminé hacia el bosque.

  No tardé en llegar a mi destino. Me arrodillé en la orilla del río, justo donde aconteció el fatídico suceso, y acerqué el recipiente al agua.

  Mientras se llenaba, brotó en mí una incómoda sensación de impaciencia que se tornó en sobresalto cuando me pareció escuchar un ruido que venía del otro lado de las aguas. Esto hizo que, sin pretenderlo, soltara el odre y este fue arrastrado por la corriente.

  No vi nada en la otra orilla, pero el miedo de que pudiera tratarse de la lavandera quedó eclipsado por el perturbador espanto que sentía solo de pensar en que tendría que volver a la posada con las manos vacías.

  Cuando llegué, me disculpé. Me disculpé mucho. No obstante, mis súplicas no sirvieron para hacer menos duro mi castigo.


*****


  Finalmente, la noche engulló la aldea. Mi señor entró en la estancia reservada para él en la primera planta de la posada y, como parte de mi aprendizaje, me ordenó que me quedase vigilando junto a la puerta, desde fuera.

 Tomé mi escudo y espada y me senté junto a la entrada. Estaba muy cansado, el viaje estaba siendo agotador y todavía me dolían los golpes que había recibido momentos antes. No podía evitar preguntarme sobre si la lavandera aparecería o no una y otra vez. Debía prestar atención y mantenerme despierto. Aunque esto último me estaba costando mucho más de lo que imaginara en un principio. Cuando el silencio reinó por completo en la posada, me fue imposible combatir el sueño y me quedé dormido.

  No puedo decir cuánto tiempo pasó exactamente, pero un canto que provenía del interior de la estancia me despertó de repente. Agarré con fuerza mi espada y mi escudo y entré raudo.
  —¡Mi señor! —exclamé al tiempo que abría la puerta.

  La estancia estaba sumida en las tinieblas, salvo por la pálida luz lunar que entraba por la ventana abierta, la cual dejaba pasar también un viento helado. En la oscuridad pude distinguir la presencia de una mujer que estaba junto a la cama, de pie. Una de sus manos se apoyaba sobre el rostro del caballero, el cual reposaba inmóvil, no pudiendo hacer otra cosa que emitir ininteligibles quejidos, como si se estuviera lamentando de un profundo dolor.
 —Por favor… márchate… —le pedí a la mujer, alzando mi espada hacia ella. Mi mano temblaba por sí sola… pero mi labor era defender a mi señor y temía demasiado fracasar.

  Entonces, ella se aproximó hasta mí. Su extraña forma de caminar me asustó. Sus bruscos movimientos escapaban a toda normalidad. Tomó mi espada por el filo, tiró de ella y me la quitó para arrojarla al otro lado del habitáculo. En esos momentos, pude ver mejor su lúgubre y cadavérico rostro y el impacto me hizo retroceder. Quise alcanzar la puerta para pedir ayuda, pero ella se interpuso.

  Me vi obligado a adentrarme más en la estancia, de espaldas, con el fin de mantener toda la distancia posible con la macabra figura sin perderla de vista, tal y como me habían enseñado a actuar contra un enemigo. Pero ella volvió a acercarse demasiado… Cerré los ojos, me cubrí con el escudo y súbitamente sentí un fuerte golpe en el mismo con la suficiente fuerza como para hacer que me precipitara por la ventana. Ni siquiera me percaté de que la tenía justo detrás.

  Al caer al suelo, perdí el conocimiento.


*****


  Cuando desperté, seguía siendo de noche.

  Lo primero que vi fueron unos árboles que me resultaron muy familiares. Me dolía mucho el codo y el costado derechos. Apenas podía incorporarme. Observé mis alrededores y de pronto me alarmé al escuchar el murmullo del río.

  Detrás de mí, un canto, sumado a una voz angustiosa, me hizo girarme para buscar su origen en la oscuridad.

  En la orilla del río, hallé a la siniestra joven, lavando, y tras ella, estaba el caballero. Permanecía en el suelo, paralizado, como lo estuvo en la habitación, dejando escapar graves suspiros de agonía.

  Pero había algo más, algo tan terrible que, al comprenderlo, me vi sobrepasado por el pánico. La joven lavandera no estaba limpiando ninguna prenda de tela, era algo que desprendía sangre que se vertía en las aguas del río, volviéndolas escarlatas. Se trataba de la piel del caballero. Mi señor estaba desollado desde la cabeza hasta el torso. Era su piel lo que lavaban sus descompuestas manos mientras su demacrada boca entonaba la melodía.

  Yo tuve que tapar la mía para ahogar un grito.

  Cuando consideró que la piel estaba limpia, se dirigió hacia mi señor, se arrodilló junto a él y le arrancó desagradablemente otro trozo del brazo, con sus propias manos.

  Después, su atención se centró en mí. Se levantó y comenzó a aproximarse. Tuve que arrastrarme para retroceder en un vano intento de escapar. A cada paso que ella daba, más me desbordaba el horror.

  Me agarró de una pierna y me llevó hasta el caballero mientras le imploraba que me soltara. Una vez que estuvimos a su lado, tomó una de mis manos y la colocó en el brazo de mi señor, por donde debería seguir siendo desollado.

  Me costó unos instantes llegar a la terrible conclusión de que ella pretendía hacerme partícipe de aquella atrocidad y, entonces, el caballero me dirigió unas palabras que pude entender.

—Inútil… Vas a pagar caro haber fracasado...

  Su amenaza se abatió implacablemente sobre mí e imaginar otra brutal y despiadada paliza por su parte hizo que se me helara la sangre.

  Mis manos optaron por arrancar su piel, tal y como lo había hecho la lavandera.

FIN


Espero que os haya gustado y...

¡Feliz Halloween!

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4 comentarios:

  1. ¡¡Hola M.A!! Bueno, qué quieres que te diga, ¡¡si me has dejado sin palabras!! Es fuerte, bastante fuerte, pero encantada de que nos hayas escrito, esta vez, un relato más largo. Reconozco que he disfrutado con él, ya sé, tal vez no sea la palabra más adecuada para un relato tan macabro, je, je, pero ya sabes que me gusta como escribes, y con este relato, has demostrado una vez más que que has nacido para esto. Besitos y feliz Halloween.

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    1. ¡Gracias! Me alegra mucho que te haya gustado. Como siempre, me hace mucha ilusión conocer tu opinión.
      Un abrazo :)

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  2. Buen relato me sorprendió el final no espera que escudero se uniera ala lavandera a matar a su señor. Te mando un beso

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    1. Muchas gracias por dejarme tu opinión y apoyar siempre mi blog.
      Un abrazo :)

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