23 julio 2016

La embarcación oxidada (un relato interactivo)



Este es un relato que he escrito para la iniciativa: El Reto Tahisiano.

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Se trata de una iniciativa de escritura del blog Lo que Tahis anda escribiendo. Al principio de cada mes, se publicará en dicho blog una entrada con varios bloques. Cada uno de ellos contiene unos elementos para inspirar el relato que debemos escribir. Cada participante puede elegir los bloques que quiere combinar para conformar su escrito. Pueden ser todos o algunos de ellos.


Las características del reto de este mes están en el siguiente enlace:  Reto Tahisiano #1 - Julio. Para inspirarme en mi relato he utilizado los bloques: A, B, D y E.

***
¿Por qué un "relato interactivo"?

Además, independientemente del reto, con este relato se me ha ocurrido hacer un experimento: Un relato interactivo: El lector/a decide la extensión. Es decir, el relato está dividido en 3 partes. Al final de la primera y la segunda, el lector/a decide si se queda con ese final en ese punto de la historia o si prefiere continuar leyendo hasta el "final verdadero".

Está enfocado al género del terror y suspense y el/la protagonista no tiene sexo, por lo que podéis elegir si un protagonista masculino o una protagonista femenina.

Y dicho todo esto, aquí está el relato que se me ha ocurrido:


LA EMBARCACIÓN OXIDADA

De pronto se hizo el silencio y más de doscientas personas se quedaron estupefactas a la vez... Más allá de toda explicación lógica, el barco donde viajaban se detuvo, de repente, cuando casi habían alcanzado su destino y por mucho que quisieran, era imposible volver a ponerlo en marcha. El aire se volvía más y más frío. Por los altavoces, una extraña y rasgada voz recitaba palabras inquietantes e ininteligibles, provenían desde el micrófono de la cabina del capitán y eso les sorprendió porque en aquellos momentos nadie se encontraba allí.
El capitán regresó enseguida a su puesto. Con las prisas, perdió sus gafas por el camino. Maldijo una y otra vez cuando escuchó el crujir de las mismas bajo uno de sus pies. Aun así, continuó hasta la cabina. Cuando llegó, intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada desde dentro. Se asomó por la estrecha ventanilla. Junto al micrófono, le pareció ver una extraña figura que no podía distinguir bien.
Repentinamente, la puerta se entreabrió y armándose de valor entró al interior. Fue la peor decisión que tomó.

—¿Por qué? ¿Qué ocurrió? —pregunté enseguida al viejo dependiente de la librería. Era un tipo muy curioso que lucía un peculiar bigote blanquecino. Sin embargo, no quiso contarme el resto de la historia. Me dedicó un gesto con un claro mensaje: le estaba importunando. Mi insistencia no sirvió de nada.

En aquel momento, me encontraba pasando una breve temporada en un pequeño pueblecito costero del sur. Por casualidad, un día se me ocurrió pasear cerca del acantilado y desde aquel enorme barranco vislumbré un viejo barco cuyo férreo exterior mostraba graves signos de oxidación. Se podía adivinar que la parte de abajo del metal tocaba el fondo, ya que el navío caía ligeramente hacia un lado. Me pregunté qué hacía allí aquella herrumbrienta escultura y entonces miré por los alrededores con el fin de encontrar a alguien que pudiera arrojar un poco de luz sobre esta incógnita que había despertado mi curiosidad.
Tras dar unos pasos, encontré a un niño que montaba en bicicleta y enseguida le pregunté sobre el barco. Se me quedó mirando durante unos instantes y después me contó que los lugareños creían que una extraña maldición pesaba sobre el mismo desde hacía décadas y que nadie se aproximaba nunca, por lo que terminó quedándose allí abandonado. Continué haciéndole preguntas, pero el chico me dijo que si quería saber más debía visitar la librería del pueblo. Y menos mal que ese crío era algo más sociable, desde que llegué a aquel lugar la gente se mostraba distante y apenas cruzaban palabras conmigo.

Decidí  hacerle caso y acudí a la librería. Fue así como comencé a hablar con el viejo librero.

El local parecía un antiguo establecimiento que casi me pareció una ruina. Decenas de libros se esparcían por todas partes agrupados en pilas y unas cuantas estanterías.
Como comentaba, el viejo librero no quiso continuar su relato sobre el barco, pero sí que me indicó que quizás encontrase en su librería algún manuscrito que me revelara más detalles. Me señaló una vieja estantería poco estable y me acerqué para rebuscar en ella.
Había libros de temáticas de todo tipo, mezclados sin ningún sentido: un ensayo sobre la existencia, una vieja novela de misterio, algunos números de una enciclopedia, una guía sobre… ¿patinaje? Tuve que leer cada título, hasta que en la cuarta balda, el octavo libro me dio la clave: un manuscrito sobre las crónicas más impactantes del pueblo. Tiré de él. Se trataba de un grueso y basto libro de los años noventa.

Lo abrí para echarle un rápido vistazo al índice y enseguida comprobé que allí se encontraba la información que buscaba. También vi que el precio estaba escrito a lápiz en la primera hoja. El grafito no mostraba una cifra muy elevada, así que decidí comprarlo enseguida. Además de satisfacer mi interés por la historia del barco, sería un buen recuerdo de mi estancia en la zona.

***

Cuando llegué al hostal, me recosté y volví a abrir el libro. Miré el índice. Página 78. Allí encontraría un texto sobre la historia del barco. Me dirigí enseguida a aquella página.
Primero encontré una fotografía de la embarcación. Era tal y como lo había visto desde el acantilado, posiblemente fue tomada desde aquel ángulo. Después leí un texto bajo la fotografía que describía un suceso macabro: contaba que, en su última travesía, el capitán del barco enloqueció y que, inexplicablemente, acabó con la vida de todos los que estaban a bordo, incluso mató sin piedad a su sobrino, que viajaba con él en este último viaje.

Aquel texto despertó en mí cierta inquietud. Por el tono con el que el viejo librero me contaba el suceso pensé que encontraría algo de carácter misterioso o incluso fantástico, una historia exagerada quizás… pero no esperaba algo tan salpicado de crudeza. De todas formas, mi curiosidad no había quedado colmada por completo, así que pasé la página para saber algo más. Pero en cuanto vi la siguiente foto, sentí un intenso escalofrío. Se trataba de una fotografía de 1984 y en la imagen se encontraban el capitán y… su sobrino. No podía ser… pero ese niño era el mismo que habló conmigo hacía unas horas, el niño de la bici que encontré en el acantilado.

Mi primer impulso fue buscar una explicación lógica enseguida y llegué a la conclusión de que quizás fuera un simple parecido. No obstante, cuando comenzaba a calmarme, escuché el timbre de una bici. El sonido venía de la calle. Miré hacia la ventana. Me quedé inmóvil unos instantes y entonces el sonido se repitió. No pude ignorarlo… busqué decisión donde no la había y me asomé por la ventana.

Como suponía, pero no deseaba, el niño del acantilado estaba abajo. Su presencia me impactó.

—¿Lo has visto ya? —me preguntó. Quizás leyó el asombro en mi rostro.
—¿Te refieres a tu…?
—Sí, bueno… a mi foto también. Pero yo me refería a la de la página 81.
Me quedé mirando el libro.
—Venga, vamos… Página 81. Siempre es lo mismo… —se quejaba.
No quería pasar la hoja. No me daba buena espina. Pero el chico seguía observándome desde abajo.
—¡Página 81! —insistía.

Casi con las manos temblorosas, pasé la página y, entre las fotografías de algunos de los pasajeros fallecidos en el barco, encontré una y me reconocí… Acaso era… ¿yo?
—Pero, ¿qué significa esto?
—Lee el pie de foto… —decía como si no fuera la primera vez que tenía que indicármelo.
Lo hice. Allí estaba mi nombre… junto al de otras personas que perecieron en el barco. Sentí una fuerte sacudida en mi pecho. El libro se me cayó de las manos.
—Acéptalo de una vez. Llevamos décadas con lo mismo —escuché a mis espaldas, me giré, el niño estaba en la habitación. Miré por la ventana. Era como si se hubiera teletransportado al interior.
—No sé de qué me estás hablando… —le dije y noté mi voz entrecortada.
—Tú y yo perecimos en el barco y como no lo aceptas, lo olvidas una y otra vez. Pero ya me estoy cansando de ir a buscarte al acantilado y contarte lo mismo siempre. Cada vez que lo descubres entras en pánico y lo olvidas. Seremos almas en pena durante toda la eternidad a menos que aceptes lo que ha pasado y me ayudes a hacer algo al respecto.
—¿Almas en pena? ¿Eternidad? No entiendo nada. ¡Eso no puede ser posible!
—Por favor, no lo niegues otra vez… —pidió, casi suplicando.
—¡Pero es que no puede ser! Mira niño, no sé quién eres, pero si esto es una maldita broma…
—...no tiene ninguna gracia —interrumpió con las palabras que yo iba a decir—. Siempre dices lo mismo. Si esta vez me dejaras explicarte…
—¡No! No sé cómo has… hecho para montar todo este numerito, pero se acabó. Vete de aquí enseguida.
—Vale… pero esta vez probemos una cosa. Escribe algo en el libro, ¡o mejor! Escribe lo que está pasando ahora mismo en una página en blanco que debe haber al final.
—¿Para qué?
—Hazlo y me iré.
Cogí un bolígrafo y escribí en una última página en blanco lo que ocurría con tal de que se marchara.
—¡Ya lo he hecho! Ahora vete —se lo mostré.
—De acuerdo. Volveremos a vernos en el acantilado.

Volví a escuchar el sonido del timbre de la bici. Me giré para mirar por la ventaba y de repente le vi en la calle. Se marchaba.

Tenía la certeza de que aquello no podía ser posible, pero la situación había logrado alarmarme lo suficiente… Recogí el libro del suelo y lo cerré. Puede que la persona de la foto se pareciera a mí, pero no podía ser yo. ¡De ninguna manera! Esa historia no tenía ningún sentido.
Comenzaba a anochecer, me tumbé en la cama y no tardé en dormir a pesar de todo.

Por la mañana desperté. El cielo mostraba que iba a hacer un día prometedor.

En aquel momento, me encontraba pasando una breve temporada en un pequeño pueblecito costero del sur. Por casualidad, un día se me ocurrió pasear cerca del acantilado y desde aquel enorme barranco vislumbré un viejo barco cuyo férreo exterior mostraba graves signos de oxidación. Se podía adivinar que la parte de abajo del metal tocaba el fondo, ya que  navío caía ligeramente hacia un lado. Me pregunté qué hacía allí aquella herrumbrienta escultura y entonces miré por los alrededores con el fin de encontrar a alguien que pudiera arrojar un poco de luz sobre aquella incógnita que había despertado mi curiosidad.

Tras dar unos pasos, encontré a un niño que montaba en bicicleta y enseguida le pregunté sobre el barco…




(Final 1).


Aquí termina la primera parte. El/la protagonista no quiere recordar nada. No quiere aceptar la realidad y continúa metido/a en un bucle. Es así como termina su historia.

Pero... ¿y si al final decide aceptar la realidad y escuchar lo que tiene que decirle ese niño? Si queremos que esto suceda, continuemos leyendo:



…Cuando llegué al hostal, comencé a leer el libro… fui directamente hacia la página que me interesaba… escuché el timbre de una bici…

—¿Almas en pena? ¿Eternidad? No entiendo nada. ¡Eso no puede ser posible!
—Debes dejar de negarlo.
—¡Pero es que no puede ser! Mira niño, no sé quién eres, pero si esto es una maldita broma…
—No tiene ninguna gracia. Siempre dices lo mismo. Si esta vez me dejaras explicarte…
—¡No! ¡No sé cómo has conseguido entrar ni cómo lo has hecho, pero vete de aquí enseguida!
—Está bien, pero antes coge el libro y mira al final, debe haber algo escrito.

Le hice caso con tal de que se marchara. Lo comprobé y encontré un texto escrito de mi puño y letra. Cuando lo leí, la confusión me sobresaltó. Según esas palabras, yo había escrito el día antes una escena similar a la que estaba aconteciendo en esos momentos.
—Ahora, escúchame —me pidió el niño—. Sé lo que hay que hacer para abandonar este lugar y ser libres. Llevamos mucho tiempo aquí atrapados.
—Eso no puede ser… —repetía.
—Sé que no es fácil, pero puedes tomarte un poco de tiempo. Lo importante es que lo aceptes, que recuerdes lo que pasó, yo te ayudaré. Cuando lo hagas, saldrás del bucle que te atrapa.
—Esa persona de la foto no puedo ser yo —interrumpí.
—Trata de recordar cuando estuviste en el barco. Por favor, inténtalo aunque solo sea por una vez.

Todo aquello continuaba pareciéndome una locura. Sin embargo, su insistencia y su expresión reflejaban que estaba seguro de lo que decía.

—Está bien… —recapacité—. Sí… recuerdo un último viaje en barco… pero parece… como un sueño.
—Fueron dos días de travesía. Yo también estaba en ese barco. Mi tío, el capitán, me llevó con él.
El niño comenzó a describir el barco y pronto descubrí que era tal y como lo recordaba.
—El primer día fue divertido y el segundo ocurrió… aquello... —continuó.
—Espera, recuerdo que el primer día… Sí… yo estaba… Hablé en cubierta con una chica. Me contaba que… había pasado unos días fuera del pueblo y regresaba…

Mi mente se iluminaba por momentos y comencé a recordar ese día con total claridad. Los ojos del niño se abrían a medida que hablaba y describía lo que estuve haciendo. Una sonrisa se dibujaba en su rostro mientras le contaba un par de anécdotas y poníamos algunas cosas en común, pero la sensación de felicidad fue fugaz. Cuando comenzamos a hablar de la noche del segundo día, cuando el barco se detuvo, nuestras expresiones cambiaron a la seriedad más absoluta. Recordé mi muerte y me quedé en silencio. Sin darme cuenta,  y tal vez a modo de desahogo, comencé a describirla en voz alta:
—Fue una masacre... Estábamos en cubierta. Escuchamos aquel inquietante susurro por los altavoces. El capitán se marchó, pero cuando regresó... estaba distinto. Su aspecto seguía siendo el de un hombre, pero sus actos los de una bestia. El reguero de sangre que dejaba a medida que se cobraba víctimas de manera atroz… Traté de huir. Pero enseguida vi cómo la gente que trataba de saltar al agua era repelida de nuevo al interior. Yo… cuando me topé con él no supe bien qué hacer. Llevaba una especie de palanca de aluminio en una de sus manos. Fue muy rápido, me golpeó con ella y no recuerdo nada más. Sí… eso fue lo que pasó —dije con total convicción—. ¿Y tú? ¿Cómo moriste?

El niño apartó la vista y dejó escapar un suspiro tan amargo que enseguida opté por cambiar de tema.

—No importa. Tengo algunas preguntas más. Si dices que se repetía lo mismo cada día, que estaba en un bucle, se supone que siempre me mandabas a la librería a coger el libro. ¿El librero también es…?
—Sí. Ese señor no es el actual librero. Hay otro, pero tú siempre hablas con el antiguo, el que murió también en el barco. Le pedí que cada vez que acudieras te diera el libro. Siempre tenía que devolverlo a la librería para que volvieses a encontrarlo.
—¿Y por qué está aquí también? ¿Se supone que está atrapado como nosotros?
—Sí, porque está aferrado a su librería. Su avaricia no le deja irse digamos…
—¿Y hay alguien más?
—Ya solo quedamos nosotros tres. Y bueno, alguien más pero…
—Creo que empiezo a entender. ¿Y yo no podía irme por estar en un bucle?
—Eso es, no aceptabas tu muerte, ni la recordabas. Tal vez porque fue tan rápida que ni la asumiste.
—Ah… ¿Y si quiero irme ahora? ¿Podría? Si he aceptado lo que pasa, ¿puedo irme? No sé bien qué me encontraré pero… supongo que este ya no es mi lugar…
El niño se quedó en silencio unos instantes.
—Sí, podrías…
—Todo esto es muy difícil de asimilar… pero… entiendo lo que ha pasado… Ya hace mucho desde que ocurrió aquella masacre en el barco. Fue en julio del 84 y estamos en… ¿2016? —dije mirando un calendario que colgaba de la pared para corroborarlo, aunque ya había visto la fecha por la mañana. Lo extraño es que nunca me pareció fuera de lo común... No había reparado en ningún momento en el paso del tiempo. Asumía la fecha de cada día sin más.
—Ya, pero… por favor, no hagas como los demás. No te marches todavía. Eres el único que queda que puede ayudarme.
—¿Ayudarte?
—Es que yo no puedo irme hasta que haga una cosa. Les he pedido ayuda a otros que se quedaron, pero cuando supieron la forma de irse, lo hicieron sin más. Verás, mi tío, el capitán... Su alma está atrapada en el barco y quiero liberarle a él también, pero necesito que alguien me ayude a hacerlo.
—¿El capitán murió también?
—Así es. Pero sigue atrapado allí. Si pudiéramos…
—Espera, espera —interrumpí—. ¿Insinúas que quieres que te ayude a liberar al responsable de mi propia muerte?
—¡Él no lo hizo! Había otra presencia que le obligó.
—¿Otra presencia?
—Sí.
—¿Quién?
—No lo sé. No he podido averiguarlo nunca porque nadie quiere ayudarme.

Reflexioné durante unos instantes. Y entonces me imaginé lo que podría estar pasando.
—Mira, si esto es un truco para que te siga hasta el barco… —le dije con desconfianza, todavía sentía cierta confusión. Todo estaba ocurriendo muy deprisa.
—¿Qué?
—Eres el sobrino del capitán, el hombre que nos mató a todos… ¡Es evidente! Algunos escapamos y queréis volver a llevarnos a la embarcación, no sé con qué propósito.
—¡No! Eso no es…
—Te he pillado.
—No… ¡Te equivocas!
—Escucha, a pesar de todo, te agradezco que me hayas abierto los ojos. Pero creo que debo marcharme. Ahora que sé lo que ocurrió en ese sitio, no pienso permanecer aquí ni un minuto más.
—Tú tampoco vas a ayudarme… —algunas lágrimas brotaron de sus ojos y se las limpió con la manga de su sudadera.
—Otro truco…
Esas palabras impactaron en el crío y se desvaneció enseguida.

Mejor así, no iba a permitir que me tomasen el pelo. ¿Regresar al barco donde me dieron muerte? Desconocía las intenciones del capitán y su sobrino, pero tenía la certeza de que no era una buena idea volver a ese lugar.


Me esforcé por poner en orden algunos de mis recuerdos, tomándome el tiempo necesario. Comprendí la situación con total claridad. Ya podía partir. 
(Final 2).


Al final cree que el niño le engaña. Es demasiado sospechoso... ¿El sobrino del capitán? Decide continuar su viaje y dejar atrás toda esa mala experiencia. Todo esto no le da ninguna confianza. Su "aventura" termina aquí.

Pero... ¿y si el niño está diciendo la verdad? Si queremos que el/la protagonista le dé una oportunidad, continuemos:


Antes de marcharme, le eché un último vistazo al libro. Después regresé a la librería y volví a colocar el libro en el estante.

—¿Entonces ya sabes quién eres? —me preguntó el viejo librero, ahora podía distinguirle como “fantasma”.
—Sí. He salido del bucle.
—¿Y vas a ayudar al crío?
—No lo creo. No me fío. Por favor, es el sobrino del aquel asesino. No creo que quiera nada bueno. ¿Usted le cree?
—Si te soy sincero, me trae sin cuidado todo este asunto. Tengo cosas más importantes que atender.
—Pero, ¿le cree? Es decir, ¿le ha contado…?
—Creía que te marchabas.
—De todas formas, me gustaría conocer su opinión.
—Está bien, te la daré: El crío dice la verdad.
—¿Y cómo está tan seguro?
—Antes del macabro suceso, el capitán fue poseído por un ente extraño. Cuando volvió a la cabina, le seguí. Había algo allí dentro. El capitán Thomas entró, pero cuando salió no era el mismo. Tanto me inquieté que me quedé escondido, pero al final logró encontrarme y me dio muerte. Además… yo le conocía bien. Quería mucho a su sobrino, como a un hijo, y, sin embargo, fue a él a quién mató de forma más despiadada… Sin duda, todo lo hizo movido por aquel “ente”.
—Pero… ¿quién es ese “ente”? ¿Y qué fue del capitán? ¿Es cierto que su alma sigue atrapada en el barco?
—No sé quién es ese ente y jamás vimos salir el alma del capitán de la embarcación. Creemos que el ente se hizo con ella tras cumplir con su siniestro propósito. Debe seguir allí.
—Y si lo cree así, ¿por qué no ha hecho nada al respecto? ¿Nunca ha pensando en ayudar al crío y al capitán?
—Debo velar por mi negocio. Ahora lo lleva mi nieto y es un completo inútil. Quiere vender la librería… pero no pienso dejarle. Ya ayudaré a Thomas cuando solucione mis propios problemas. Buenas tardes.

Deseaba partir… pero, no sé por qué, terminé regresando al acantilado antes.

Allí, vi al crío sentado, encogido sobre sí mismo, observando el barco y me pareció que no fingía su desconsuelo. Verle una vez más me conmovió y pensé que tal vez le había tratado con demasiada dureza.

Me acerqué e intenté entablar una conversación relajada con él:
—Yo también solía montar en bici cuando tenía tu edad —le dije. Se levantó enseguida, mi presencia le sorprendió—. Mi hermano me enseñó—continué—. Me caí muchas veces mientras aprendía.
—Ya… Yo también.
—Y… ¿quién te enseñó a ti?
El chico miró hacia el barco con tristeza. Menuda puntería la mía…
—He estado pensando en la historia que me contaste —añadí—. Quizás me precipité un poco. El librero me ha contado ciertas cosas y… creo que me dijiste la verdad.
El niño no tardó en mostrarme una inmensa sonrisa. Casi le veo todos los dientes.
—Pero… también creo que regresar al barco es peligroso. Incluso estando muertos… Ese extraño ente que poseyó al capitán es demasiado cruel. Después de lo ocurrido, no imagino qué más sería capaz de hacer.
—Yo sí… —su rostro emitió terror.
—¿Alguna vez has intentado salvar a tu tío?
—No... Tengo miedo de ir solo…
Miré hacia la oxidada embarcación, durante unos instantes pensé que no era mi problema, que yo ya estaba a salvo, pero…
—Está bien, iré contigo —decidí.
El rostro del niño de iluminó de felicidad.
—Pero… iremos preparados —le advertí—. Veremos si podemos descubrir algo sobre el ente para no ir a ciegas.
—¡De acuerdo!

Le dije que fuéramos a ver al librero una vez más. Me dio la impresión de que sabía mucho más y era el otro “fantasma” al que conocía. Así que…
—¿Qué queréis? —preguntó malhumorado—. ¿Otra vez aquí?
—No se me ocurrió mejor lugar para recabar información sobre el ente que poseyó al capitán —le dije—. Quiero saber más sobre ese barco, lo que oímos en él a través de la megafonía antes de morir y por qué ha ocurrido. Quiero echarle otro vistazo al libro sobre la historia de este pueblo y si tiene alguno más o periódicos antiguos, lo que sea, todo será útil.
El viejo librero rió.
—Pues suerte si quieres encontrar todo eso. El inútil de mi nieto ha vuelto a desordenarlo todo y para colmo se ha llevado muchos libros antiguos para venderlos a un precio ridículo en la plaza donde se reúnen los turistas. No ha sabido elegir bien los títulos el muy… Pero iré a espantar a la clientela, eso seguro…
—Entonces déjeme ojear lo que tiene aquí.
Me llevó horas, pero no me cansaba. No obstante, no pude descubrir mucho más. Al viejo le molestaba nuestra compañía, así que me echó una mano:
—Si no encuentras nada aquí ve a la comisaría y busca los archivos de los agentes que investigaron el suceso.
—¡Es verdad! ¿Cómo no lo había pensado? ¡Ahora puedo entrar donde quiera!
El viejo me miró con gesto de evidencia.

***

Enseguida me dirigí con el crío a la comisaría. Tras rebuscar por los archivos tuve acceso al caso y me sorprendió lo que encontré: ese mismo barco ya era parte de una investigación anterior y, por lo visto, alguien murió en él antes que nosotros. Tras leer los documentos, le dije:
—¿Sabes qué? Creo que hemos encontrado a ese malnacido… al ente.
—¿Si?
—El verdadero capitán del barco: Christopher S., a quién sustituyó tu tío para nuestra travesía, fue encontrado muerto justo en el asiento de la cabina unas semanas antes y todo apuntaba a que… uff… esto da escalofríos… fue brutalmente asesinado allí mismo. El caso quedó archivado y no se encontró a los responsables.
—¡Quizás por eso no se haya ido!
—Y quizás, por eso… hizo lo que hizo… Mira, se me ocurre que, como tú hiciste conmigo, debemos abrirle los ojos. Quizás esté como en una especie de bucle, como lo estaba yo. De este modo, puede que quiera irse y al hacerlo, libere el alma de tu tío. Aunque nos cueste… vamos a tener que ayudarle a él también… Y créeme, no me hace demasiada ilusión.

***

Regresamos al acantilado. Era de noche. Observábamos el barco.
—No tienes que venir si no quieres —le dije al niño porque recordé lo que me contó el librero sobre su muerte y su expresión reflejaba demasiada inquietud—. Yo me encargaré.
—No, yo… también quiero ir…

Mientras caminábamos por la cubierta, él permanecía detrás de mí todo el tiempo. Nos rodeaba una densa y espeluznante oscuridad acompañada de un silencio inquietante que recreaba una horrible sensación de vacío. Aunque sabía que sería imposible que me dieran muerte de nuevo, no conseguía desprenderme de un incómodo desasosiego que parecía fuertemente aferrado a mi espíritu.

Según los acontecimientos ocurridos, nos dirigimos hacia el gabinete del capitán. También estaba sumido en la oscuridad. La única luz que se podía vislumbrar era la de la luna reflejada en el mar.
Dimos unos pasos más para adentrarnos, pero ambos nos sobresaltamos cuando comenzamos a escuchar un murmullo como el que aquella noche macabra se escuchó en la cubierta.

 Sabía que estábamos allí.

Busqué la procedencia del sonido y cuando iba decirle algo al crío, vi su cara ensombrecida por el pánico mientras miraba hacia uno de los rincones.
—Había visto a muchos huir como cobardes, pero a nadie regresar —dijo una voz espeluznantemente gutural que provenía de allí.
—Eres tú quien nos mataste, ¿verdad? No el capitán Thomas —le dije y no sé de dónde saqué el coraje para hacerlo en esos momentos.
El ente no se dejaba ver, parecía entremezclarse con las sombras.
—Así es… —reconoció.
—¿Por qué? Sé quién eres… ¿Lo hiciste porque fue lo que te ocurrió?
—¡Este es mi barco! Nadie sube sin mi permiso… ¡¡y mucho menos otro capitán!! —exclamó enfurecido con una voz ensordecedora—. Pero se lo hice pagar, eso seguro…
—¡Ninguno de nosotros sabía lo que había ocurrido! Lo que hiciste no fue justo.
—¡¿Te atreves a hablarme de justicia?!
Una de las sombras, de forma humanoide, se separaba de las demás y se hacía más grande a medida que se enfurecía.
—Sé que ya es tarde… y por mucho que quiera no podré cambiar el rumbo de los acontecimientos, pero hemos venido a liberar a Thomas… Su alma nunca salió de este barco. ¿No te bastó obligarle a cometer esas atrocidades? ¿Por qué le mantienes atrapado? —pregunté.
El ente detuvo su crecimiento y comenzó a carcajear de forma desquiciada.
—Por favor, deja ir a mi tío —le suplicó el niño, guardando las distancias.
—Ah… me acuerdo de ti —le dijo—. Cómo sufrió el impostor del capitán cuando…
El niño retrocedió unos pasos y yo intervine de nuevo:
—Si quieres que te ayudemos a cambio de liberar el alma de Thomas, lo haremos. Te propongo algo: No sé cómo, pero si quieres, haremos que reabran el caso de tu asesinato. Hallaremos la manera. Pero a cambio, déjale ir.
—Pero grumete de pacotilla… —carcajeó una vez más—. Thomas no está aquí. Él se fue hace mucho tiempo.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando os maté a todos a través de Thomas, le liberé. Él seguía con vida. No obstante, mientras observaba el cruento escenario de la muerte de su sobrino, me pidió desconsolado que también le pusiera fin a su existencia. No podía soportar ver las vísceras del crío adornando el suelo, ni su cabeza casi desprendida del tronco… —se recreaba—. Pero no quise matarle, me alimentaba su agonía. Así que optó por hacerlo él mismo, pero tampoco pudo el muy cobarde.
—Entonces… ¿Thomas sigue vivo? —pregunté sorprendido.
—Lo estaba cuando abandonó el barco. ¡¡Y ahora largo de aquí!! ¡Fuera de mi barco! —vociferó.

No tuvo que repetirlo. Poco después, nos encontrábamos en el acantilado.
—Ahora sabemos lo que ha pasado —le comentaba al niño—. Puede que tu tío siga vivo. Me pregunto qué habrá sido de él.
—¡Tengo que encontrarle! ¡Quiero saberlo! —estaba tan asombrado como yo.
—Claro, incluso quiero saberlo yo a estas alturas. Iré contigo.
El niño sonrió agradecido.
—Por cierto… Siento que hayas tenido que revivir algo tan cruel… —le dije—. No tenía ni idea de hasta qué punto…
—Ya no importa. Quiero encontrar a mi tío cuanto antes.

***

Lo cierto que es que nos llevó un tiempo seguir la pista de Thomas, pero acabamos hallando las respuestas.

La noche de la tragedia, el capitán tomó un bote para escapar del barco y días después fue encontrado en altamar. Su estado era crítico, tanto física como mentalmente. Tuvo que recibir mucha ayuda médica. Se encontraba en un sanatorio, donde había pasado los últimos años. Parecía un muerto en vida: no hablaba, su mirada estaba perdida, era como si no pudiera escuchar. Aparentaba ser un hombre hueco.
Pero, cuando establecimos contacto con él, despertó de su letargo. En el momento en el que vio a su sobrino, pareció como si regresara del vacío donde se encontraba sumido. Después de mucho tiempo, su rostro reflejó un atisbo de vida. Sus ojos se humedecieron, sus labios pronunciaron una y otra vez el nombre de su sobrino mientras perfilaban una sonrisa. Resultó muy emotivo ver cómo la dicha iluminaba el semblante del capitán y cómo trataba de abrazar el alma de su sobrino.

En esos instantes, tras verles reunidos, sentí que había merecido la pena ayudar al crío. Y pensé que, habiendo salido del bucle, tarde o temprano yo también tendría la oportunidad de reunirme con los míos.

Poco después, al fin nos marchamos los tres.


FIN

Y aquí se acaba la historia.

¿Qué os ha parecido? ¿Dónde os habéis quedado? ¿Os gustaría leer más relatos como este?

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16 comentarios:

  1. Holaaaaaaa!!! Yo he tenido que llegar al final, obviamente. Y ha sido muy muy bueno, estoy muy contenta jajajajaja. Además, esto de un relato interactivo, me parece una idea genial. Y lo de no ponerle sexo al personaje me gustó todavía mucho más.

    Por partes: Me encanta cómo has utilizado las imágenes, sobre todo la del barco porque toda la historia ha girado entorno a ello y cuando lo leí me emocioné mucho jajajajaja. La frase: un 10. Creo que es una frase muy buena para abrir un relato y me alegra que te haya salido así de bien. Lo de las 10 palabras también me gustó mucho, sobre todo ver cómo introducías "patinaje" entre todo lo que estabas escribiendo y el hecho de poner un libro que hablase de patinaje... es que eres una genia XD.

    Luego la parte en la que describes cómo quedó el cadáver del niño me puso los pelos de punta, bueno, me pusiste los pelos de punta en varias ocasiones.

    Te felicito, muy buen relato, o relatos jajajaja.

    Un besote!!!! P.D: Mi nombre lleva hache intercalada :P

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    1. ¡Hola! Qué bien, qué pronto lo has leído, me ha hecho mucha ilusión :).
      Me alegro mucho de que te haya gustado, la verdad es que me ha encantado la experiencia del reto y conectar los factores.
      La imagen del barco fue muy reveladora, me inspiró mucho y lo del patinaje jejeje... parecía imposible mezclarlo, pero mira, siempre hay una salida XD.
      ¡Ya tengo ganas de ver las propuestas para el próximo mes del reto!

      Un abrazo :) (Corregido lo de la h!)

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  2. ¡¡Imposible no llegar hasta el final!! Y si hubiera habido más finales, más que hubiera leído. Escribes de maravilla, bueno, eso ya lo tienes que saber, y siempre con ese punto de tensión que tanto me gusta. Enhorabuena.
    Me has recordado a esos libros que según elegías qué hacer en ese momento te enviaba a una página o a otra, creo que la mayoría eran del barco de vapor, ya no los recuerdo y me encantaban. Elegía siempre unas opciones (casi siempre eran las peores, ja, ja), y después elegía la otra para ver como hubiera acabado mi aventura si me hubiera ido por otros derroteros. No sé si tú también los leías cuando eras más pequeña. Yo disfrutaba mucho con ellos. Besitos.

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    1. ¡Hola! Me alegro mucho que gatas llegado hasta el final :). Sé los libros que dices, yo también tenía alguno y quise hacer algo parecido, pero vi que lo del salto de página iba a ser más lioso en un blog así que se me ocurrió lo de la extensión y poner finales alternativos. Estoy muy contenta de que haya tenido buena aceptación :)

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  3. Super relato!!!! Lo he leído entero, y me ha gustado muchísimo!!!! aunque me ha gustado más el primero por que te deja con la cosilla de que otra vez vuelve a empezar.
    La verdad que eso de dividir la historia en tres partes esta bastante bien y original.
    Enhorabuena por el relato, siempre me sorprendes y me enganchas a la historia.
    Un besote.
    CoquetasGaro.

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    1. ¡Gracias! Me gusta que estés leyendo relatos míos (¡¡y el libro, claro!!) y que te gusten las historias. Un besito :)

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  4. ¡Hola! Tenía ganas de leer una narración tuya más o menos con esta extensión intermedia –así, entre micro y novela-, aunque las tienes aproximadas y accedí a ellas difundidas en tu blog.

    Qué relato más bien tejido. Es muy vivo; por eso se vive. La estructura participativa y el argumento enganchan. La descripción brutal de la muerte del niño está muy bien conseguida, su alcance toca la sensibilidad del lector. Implica, compromete incluso. Que el personaje principal se reconozca entre los fallecidos de la fotografía es impactante.
    Por destacar se pueden destacar muchas cosas:
    Que el protagonista sea asexuado introduce un golpe muy efectivo y original, que el Ente domine de esa forma la voluntad del Capitán para llevar a cabo sus planes macabros, que el final de los finales deje posibilidad a tío y sobrino… El avejentado librero juega una función estratégica sin desperdicio. Aunque para relevante el papel de un “peculiar” niño paseando en bicicleta.
    Los elementos, los lugares y las situaciones me han gustado: un pueblecito costero, una vieja librería, un antiguo barco con una maldición adosada… En fin, este relato triunfa. ¿Complejo el Reto, no? Pero interesante. Un saludo M.A.

    Mari Carmen C.

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    1. ¡Hola! Sí que es verdad, sobre la extensión, que es la primera vez que publico en el blog un relato tan largo y he estado esperando a ver que aceptación tendría y he visto que ha sido buena :)
      Por otra parte, gracias por tu análisis, siempre me ayudan mucho, me gusta que me comenten todo este tipo de detalles.
      Un abrazo :)

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  5. Vengo del blog de Roxana. Yo elegí seguir hasta el final. Y me parece que el personaje fue muy generoso ayudando a los demás, aun a los que tal vez no lo merecían.
    Saludos.

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    1. Bueno, que ayude o no lo decide quien lo lea, pero llega un momento que está inmerso en la historia y ya quiere saber qué sucedió.
      Gracias por pasarte a leer :)

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  6. Hola guapa,
    Me encanta como escribes, soy indecisa, no sé con cual quedarme, aunque el último me ha encantado, porque es como tenerlo todo
    Besos

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    1. ¡Hola! Me alegra mucho que te haya gustado el final :)

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